sábado, 15 de julio de 2017

Stormwolf

Gisli Binfak y sus compañeros se mostraban inquietos dentro de la cañonera Stormwolf.  Los espacios cerrados no eran el mejor sitio para encerrar a los Wulfen. Pero todos soportaban sus ansias de sangre dentro del habitáculo de carga gracias a su resistencia mental, mientras se agarraban a los amarres de la nave para evitar las turbulencias del viaje.

La cañonera atravesaba velozmente las largas columnas de humo que emanaban de los incontrolables incendios que brotaban de las pozas de carbón. Mirara donde mirara, el piloto sólo distinguía un paisaje desolador. El encapotado cielo era continuamente alimentado por los miles de fuegos, y la poca luz que se filtraba del cielo lo hacía a través de las rojizas nubes, bañando la negra ceniza depositada en el suelo.

El planeta había caído, pero los Lobos habían llegado y aún había un último atisbo de esperanza para la humanidad.

(…)

La insurrección alcanzó el clímax una semana antes, cuando el Culto Genestealer tomó el control del planeta, demoliendo la jerarquía del Adeptus Ministorum y saqueando las armerías de la Guardia Imperial. La guerra se propagó por todo el planeta, y el Culto logró acabar con los reductos de la Guardia Imperial. Sólo un regimiento del ejército Imperial sobrevivió parapetándose en la Ciudad Colmenta Tuvno V que siguió luchando, y sangrando, y rezando al emperador.

La desesperanza inundaba sus corazones, y cuando llegó el momento más crítico y con la guarnición al borde de la caída, el Emperador de la humanidad escuchó sus plegarias. Y sus plegarias tomaron la forma del Crucero de Batalla “Témpano de Hielo” de los Lobos Espaciales. La inmensa astronave apareció en la órbita del planeta. Y fue recibida con una calurosa bienvenida de las defensas orbitales, pero el crucero las silenció fácilmente.

Los Lobos, sorprendidos de encontrar esta hostilidad, descubrieron la insurrección y localización el regimiento imperial asediado en Tuvno V. Los Marines movilizaron sus tropas, rompiendo el bloqueo y reforzaron la Ciudad Colmena. Los Lobos habían desembarcado, y el culto ya no podría acabar fácilmente con la resistencia Imperial. Pero el planeta aún estaba en manos del Culto, y poco se podía hacer.

Los jerarcas del Adeptus Ministorum se reunieron con los capitanes de los Lobos, e invocando la sabiduría del Codex Xenos, estudiaron las consecuencias de la infestación alienígena. La conclusión era clara. El Culto era un cáncer que se propagaba con gran rapidez, y en caso de necesidad era requerido ejecutar una orden de Exterminatus para arrasar el planeta e impedir la llegada a los Tiránidos.

Los ejércitos imperiales evaluaron su situación y se decidió no ejecutar la orden. Cabía la posibilidad de eliminar a su Magus genestealer, de esa forma se rompería el vínculo sináptico con los Tiránidos y el horror nunca llegaría al planeta.

Sólo faltaba localizarlo.

Pero fue tarea fácil. El lazo psíquico del Magus era tan poderoso que su poder retumbaba en las mentes de todos los psíquicos Imperiales. Los Sacerdotes Rúnicos no tuvieron problema en descubrir su ubicación, por lo que se ideó una estrategia simple. Un pequeño volador se acercaría a la zona objetivo lo que daría a entender que se trataba de un mero reconocimiento y no levantaría graves sospechas. Pero el volador sería una cañonera Stormwolf, que acribillaría la zona de desembarco y luego soltaría una valiosa carga, una escuadra de Wulfen. Estos poderosos soldados se infiltrarían rápidamente por la mina hasta lograr llegar al objetivo y eliminarlo. El resto de Marines llegarían posteriormente para darles apoyo.

(…)

Los sensores del piloto se iluminaron, su blanco estaba cerca. Una luz parpadeante iluminaba la bodega de carga. Era la señal. Los Wulfen debían prepararse.

De repente, innumerables explosiones detonaron alrededor de la nave, rodeando y acorralando a la Cañonera en un sinfín de estallidos y metralla. Las baterías antiaéreas Imperiales habían sido emplazadas para proteger al Magus, abriendo fuego indiscriminado contra la cañonera. La Stormwolf, sorprendida maniobró bruscamente, pero aún así recibió múltiples impactos, muchos de ellos castigando y dañando el fuselaje. Un disparo certero reventó la cabina del piloto, matándolo instantáneamente.

El espíritu máquina de la nave se hizo con el control, pero con los motores ardiendo y los flaps destrozados, no pudo controlar el vuelo, y la gigantesca sombra de la nave en llamas volteó en el aire e inició una caída espectacular. Tras una larga estela de fuego y humo, La Stormwolf impactó duramente contra el suelo, elevando llamaradas y explosiones hasta que el cerámico caparazón del aparato quedó inmóvil en el suelo.

Del fuselaje de nave salían chisporroteos y pequeños fuegos. La escena era devastadora. Incluso de todo ese panorama desolador, la silueta de la Stormwolf crepitando con el fuego que la consumía resultaba inquietante.

Un grupo de cultistas emergió de las sombras y se aproximó a los restos. Los herejes avanzaron con precaución, rodeando los escombros de la nave. Ante la orden del que parecía su líder, varios de ellos empezaron a colocar cargas de demolición en el fuselaje del vehículo para garantizar su completa destrucción.

Uno de ellos se aproximó a la trampilla de desembarco, y de pronto, ésta se abrió de par en par. El cultista agarró su rifle automático y apuntó con miedo hacia el interior. De la oscuridad del interior de la nave, numerosos ojos brillantes le devolvieron la mirada.

El cultista gritó algo a sus compañeros, pero todo pasó demasiado deprisa. Desde la oscuridad de la bodega de carga, una enorme garra del tamaño de una cabeza atrapó al cultista y lo arrastró hacia la oscuridad. Se oyeron graves alaridos junto con el ruido de ropas rasgadas, carne triturada y huesos rotos. El resto de cultistas se asustó y dio un paso hacia atrás alarmados, apuntando temblorosamente sus armas. Pero no tuvieron tiempo para hacer nada más.

Los Wulfen emergieron rabiosos del interior de la nave. Una vorágine de zarpas, garras, cuchillos tormenta y martillos descomunales aplastó a los cultistas. Parecía que el pánico se apoderaba de las víctimas e iba a resultar una victoria fácil. Pero impulsadas por una mente vil, más y más cultistas emergieron de las sombras rodeando a los Lobos. Los Wulfen respondieron con una furia inimaginable, y las tropas enemigas fueron despedazadas una tras otra.

Gisli sonreía. Con sus garras de hielo atravesaba los pechos de los cultistas. Una sucesión de rápidos zarpazos arrancaba cabezas y miembros, rompía armas y huesos. Gritos y alaridos de dolor impregnaban el humeante aire, pero la carnicería no cedía.

Con la llegada de más enemigos, varios Wulfen resultaron heridos, pero su odio les permitía seguir luchando hasta el último aliento. Gisli aplastaba, pisoteaba, desmembraba… Los cultistas chillaban, disparaban, se agazapaban. Y así prosiguió la carnicería hasta que al último cultistas se le machacó el cráneo con un martillo del tamaño de su cuerpo.

Entre la montaña de cadáveres humanos, Los Wulfen se alzaban sonrientes, saboreando su victoria. 

Pero la victoria fue fugaz.

Las cargas de demolición fijadas en el chasis de la cañonera hicieron explosión. La munición de las armas pesadas y el reactor de la Cañonera exploraron a la vez, intensificando el poder de destrucción de los explosivos, y la metralla y la onda expansiva sorprendieron a los Wulfen. Todos los cuerpos saltaron por los aires. Todo el suelo se levanto decenas de metros y volvió a caer pesadamente. La humareda que provocó la explosión rivalizó en intensidad con las pozas en llamas del planeta.

Gisli recuperó la conciencia enterrado en un mar de barro, metal y sangre. Un brazo amputado de algún cultista le tapaba la cara. Tenía medio torso expuesto, el resto estaba enterrado entre el lodo y escombros. Gisli maldijo, no podía moverse. Notaba como tenía varias costillas rotas y sus piernas entumecidas. No podía saber si las tenía rotas… o tan siquiera si aún tenía.

Pero esa horrible sensación no fue lo peor. Un fétido olor inundó las sensibles mucosas de su hocico. Ese olor era diferente, más penetrante, más fuerte que el de los cultistas, más ácido, más venenoso, menos humano. El Wulfen apretó los dientes al descubrir de qué vil criaturas se trataban. Eran Genestealers. De las sombras emergieron sus temibles formas, y empezaron a acercarse al malherido Wulfen.

Gisli maldijo a todos los demonios del caos. El dolor era muy intenso, y no podía moverse. Aulló fuerte en señal de odio. El aullido produjo efecto, pues los Genesteares dejaron de avanzar. Se mostraron alarmados. Por un momento Gisle pensó que su aullído les había asustado, pero su agudo oído le devolvió a la realidad. Otros aullidos estaban respondiendo a Gisli. Sí. Y entre esos aullidos otro ruido perseverante iba aproximándose. Era el inconfundible sonido de los Land Raiders.

Los genestealers bajaron la cabeza y miraron a Gisli. Él les mantuvo la mirada y sonrió. Quizás iba a morir allí, pero esos malnacidos no iban a correr mejor suerte.

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